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28/12/2018

Dante Pesce: "El Chile del futuro"

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Debemos desarrollar con mayor profundidad los análisis estratégicos sectoriales, como han esbozado organismos como Corfo y Mckinsey.

Por: Dante Pesce S.
Ex Profesor de Ingeniería y Economía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Chile tiene enormes oportunidades para llegar a ser un país “desarrollado”, a nivel de las mejores economías del mundo.

Como es bien sabido, productividad e inversión son los factores relevantes para aumentar nuestro PIB (producto interno bruto). Su aumento implica disminuir los niveles de pobreza, mejorar los empleos y remuneraciones, aumentar la recaudación fiscal y, por ende, tener más recursos para la salud, la educación, las pensiones e innumerables otros bienes y servicio que necesita nuestro país.

Productividad e inversión son factores que han estado y estarán siempre presentes en la economía y serán centrales en cualquier gobierno, sea de orientación política de centro, izquierda o derecha. Por ello, estos factores permanentes debemos priorizarlos y potenciarlos.

Desde la visión de la ingeniería, los conceptos de productividad e inversión son centrales en nuestra formación. Producir más bienes y servicios, y de mayor valor, significa aumentar nuestro PIB. Si crecemos a tasas del 5% anual, en 15 años habremos duplicado nuestro PIB.

¿Podemos hacerlo? Obviamente que sí. Y llegaríamos a los niveles actuales de la mayoría de los países europeos.
¿Dónde tenemos que focalizarnos para lograrlo? Debemos desarrollar con mayor profundidad los análisis estratégicos sectoriales, como han esbozado organismos como Corfo y Mckinsey. La minería, la acuicultura, la agricultura o, desde una visión transversal, la energía, los recursos hídricos, la logística internacional, la tecnología digital, etc.

Incluso sectores de servicios como la educación y la salud, que involucran a millones de chilenos. Cualquier mejora en su productividad tiene un amplio impacto en la economía.
Si comparamos nuestros resultados en los distintos sectores estratégicos con los de los países más avanzados, encontraremos que hay grandes brechas; brechas que podríamos ir reduciendo año a año.

Múltiples estudios del Banco Mundial, del WEF (World Economic Forum), del IMD (World Competitiviness Center), de la OCDE, etc., señalan los países líderes en los distintos ámbitos y el lugar de Chile en esos rankings. ¿Así como en los deportes nos gustaría estar entre los mejores equipos del mundo, no nos atrae que Chile llegue a ser también uno de los mejores, en algunos aspectos y sectores económicos, con todas las ventajas que eso crea en el nivel de vida de los chilenos? Esos desafíos deben estar siempre presentes, en especial en los profesionales y, más aún, entre los ingenieros.

Si periódicamente se publicitaran en Chile las brechas con los líderes del mundo en los distintos sectores, y pudiéramos ver en qué medida hemos reducidos las brechas (y en cuáles han aumentado), tendríamos una gran FOCALIZADOR de estudios y proyectos a desarrollar. ¿Por qué no se hace esto? ¿Qué estamos haciendo al respecto?

Hoy hay miles de doctores en ingeniería en el país, principalmente en las Universidades. Ellos, además de hacer clase, redactan papers. Mientras más papers publicados, más incentivos económicos reciben como, asimismo, las universidades a la que pertenecen.

Además, su curriculum vitae se enriquece como, asimismo, la jerarquización de sus universidades. Si bien ese procedimiento es razonable, si nos conectamos con la temática que estamos abordando, la pregunta es: ¿están los papers relacionados con nuestras mayores debilidades o potencialidades productivas? Casi ninguno.

Conicyt entrega estos recursos en función de la calidad y cantidad de papers, independiente de su contenido. ¿No es posible que previo a la entrega de estos incentivos se hiciese una evaluación del potencial impacto económico que dichos estudios tendrían en la economía del país? ¿Por qué vincular la calidad de los estudios sólo a su originalidad desde la perspectiva científica y no a su impacto desde la perspectiva económica? ¿Quién entonces se debe encargar de mejorar la productividad del país?

Por cierto, las empresas y las universidades, con apoyo estatal; en consecuencia, los incentivos estatales deben centrarse en aquellos estudios que contribuyan eficazmente al desarrollo sostenible de nuestra economía. (Aquí, por cierto, hay una evidente deficiencia en nuestras políticas públicas).

Otro aspecto relevante son la carencia de estímulos para la realización de “Benchmarking” mundiales.

Los viajes al extranjero de nuestros candidatos a doctores o doctores en ingeniería deben incluir – como elemento relevante para contribuir a mejorar nuestra productividad– el “Benchmarking”. Esto es, copiar-adaptar inteligentemente los procesos productivos que utilizan los países líderes en los sectores en los que tenemos grandes brechas con ellos. China y Corea, entre otros, lo utilizaron intensamente, logrando un crecimiento económico a tasas muy altas y por muchos años.

Dado que Chile no produce casi nada que no se esté produciendo en el resto del mundo, el Benchmarking es una etapa que no debemos omitir. Los rendimientos frutícolas en California, el uso eficiente de recursos hídricos en Israel, la velocidad de gestión portuaria de Singapur y Hong Kong, la gestión hospitalaria de los países nórdicos, etc., etc. Son realidades que debemos conocer a fondo y adaptarlas a Chile.

Eso nos ahorraría muchos años de estudios y nos acercaría más rápidamente a los países líderes en productividad, en sectores de gran impacto económico para nuestro país.
Sin duda que se requieren capacidades multidisciplinarias para ello, pero los ingenieros estamos capacitados para abordar proyectos que involucran tecnologías productivas, digitalización, gestión, finanzas y otros conocimientos.

Entonces, ¿por qué el benchmarking no es prioridad en nuestros incentivos públicos?

Otro aspecto que debe abordarse en el ámbito de los aportes estatales es que Becas Chile debiera también evaluar el potencial impacto económico de las áreas donde van a especializarse. De ser así, durante sus años de estudio se centrarán en áreas críticas para Chile y, además, durante su vida académica y también a través de la docencia, sus alumnos aprovecharán esta especialización, lo que contribuirá a multiplicar el impacto sobre nuestra productividad.

Un último aspecto que debemos internalizar es que en el ámbito académico estamos siguiendo el modelo de los países desarrollados, donde el ranking de las universidades está en función de la cantidad de papers publicados en journals internacionales. Y para ello hay inventivos económicos y académicos, para profesores y universidades.

El problema es que para universidades de países cuyo sistema productivo no está en la vanguardia tecnológica, la jerarquización debe ser distinta. No debe estar en función de la originalidad científica, sino en función de los estudios/proyectos que contribuyan en mayor medida al desarrollo sostenible del país; en especial, para las Facultades de Ingeniería y de Economía.

Los académicos, las empresas y el aparato público debemos estar focalizados en nuestras debilidades/potencialidades, en todo momento y por siempre. Así, todos empujando para el mismo lado, nuestro país superaría fácilmente la “trampa del ingreso medio”, y en 15 años más estaríamos viviendo en un país líder en América Latina, sin pobreza y respetuoso del medio ambiente.

Fuente: Cieplan

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