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24/10/2018

[Columna] José Pablo Arellano: "Preparándonos a recibir los pre kínder del 2019"

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La velocidad del cambio es algo que caracteriza esta época y lo más probable es que ese ritmo no haga más que acelerarse. ¿Qué hacer entonces pensando en la educación de esta nueva generación?

Cuando empecemos a matricular a los niños para el pre kínder del próximo año, vale la pena mirar más allá del horizonte y pensar con perspectiva de largo plazo. En efecto, nuestros pre kinder del 2019 egresarán el 2033 y muchas cosas cambiarán en ese lapso.

La velocidad del cambio es algo que caracteriza esta época y lo más probable es que ese ritmo no haga más que acelerarse.

Basta revisar los últimos años: Cuando la generación que egresa este año de cuarto medio entró al colegio, Facebook estaba recién iniciándose, Whatsapp no existía y se subía el primer video a YouTube (actualmente esta plataforma tiene más de 1,5 billones de usuarios por mes y al día se descargan 1 billón de horas de video). La mayoría de los alumnos que hoy egresan de cuarto medio tienen celular y no cualquiera, sino uno con conexión a internet donde acceden a información como nunca antes fue posible.

Pero cuando ellos comenzaron su educación los celulares sólo servían para hablar y muy pocos contaban con uno. Pues bien, mientras dure el periodo escolar de quienes entran al colegio el próximo año, no sólo se acentuará el desafío de cómo manejar el uso de las redes sociales por niños y jóvenes, sino que habrá sensores que medirán el estado de salud y la atención, el reconocimiento facial, la inteligencia artificial afectaran la vida cotidiana de manera difícil de imaginar.

¿Qué hacer entonces pensando en la educación de esta nueva generación? ¿En qué poner el acento? ¿Dónde centrar la atención y los esfuerzos? A ello quiere invitar con esta reflexión.

Lo primero que habría que destacar es que este es un proceso de largo aliento: catorce años. De allí que casi con seguridad ningún integrante del equipo directivo del actual sostenedor (estatal o privado) tendrá un rol directivo para cuando egrese esta generación. Esto obliga a pensar en la fortaleza institucional y en el gobierno corporativo necesarios para asegurar la continuidad y el perfeccionamiento continuo en la vida de los colegios y la institución sostenedora.

Obliga a que tengamos los mejores procedimientos para la preparación de los futuros líderes, para el nombramiento, evaluación y renovación de autoridades y directivos y para el proceso de toma de decisiones.

Necesitamos contar con instituciones que aprenden y así van mejorando en beneficio de sus comunidades. Lo anterior es indispensable para conducir a paso seguro y de progreso la vida de los colegios y la formación de esta generación y las siguientes.

Tal como dijimos, es seguro que el cambio será una constante. Mientras esta generación esté en el colegio habrá más de cuatro Presidentes de la República y seguramente varios más ministros de Educación y tendrán unos diez profesores jefe distintos a lo largo de su vida escolar. Pero habrá algo que no cambiará: sus padres.

Estos padres y madres son los que permanecerán junto a cada niño y niña a lo largo de todo el período escolar. Sabemos que muchas veces esos padres no cuentan con una realidad que les facilite esta labor, les faltan herramientas de crianza, redes de apoyo, etc. Sin embargo, también sabemos que la presencia de ellos es fundamental para el desarrollo saludable de estos niños.

Si los padres o cuidadores son lo más constante- como apoyo y, en algunos pocos casos, como dificultad o desafío- ¿no debiéramos entonces apoyar más a estos cuidadores primarios que son tan fundamentales?, ¿No debiéramos ser más activos en la preparación de estos en su rol de padres? ¿De qué manera nuestros colegios son un lugar de crecimiento también para las familias?

Al capacitar a los padres dejamos en ellos un recurso instalado. Si queremos que ningún niño o niña de nuestro colegio “se quede atrás”, ningún padre se nos puede quedar atrás.

Cuando anticipamos que para la vida de un niño tendremos un déficit importante en el apoyo de los padres, ¿no debiéramos diseñar una estrategia preventiva? Esta es una dimensión clave que merece mayor atención de la que ha recibido hasta ahora.

Por otra parte, el mundo del trabajo será distinto al que conocemos. ¿Cómo preparamos a nuestros alumnos para ese mundo?

Siempre habrá dos dimensiones indispensables: el conocimiento y los valores y actitudes. El conocimiento es lenguaje y comunicación, cálculo matemático, comprensión del método científico-tecnológico, comprensión del mundo y de la sociedad, apreciación artística cultural. Estos conocimientos siempre resultarán necesarios para seguir aprendiendo a lo largo de la vida. Si nuestros profesores están mejor preparados para entregar buenas herramientas para aprender estas dimensiones del conocimiento, más van a contribuir a la buena formación y al desarrollo de las capacidades que necesitarán nuestros alumnos para seguir aprendiendo durante toda su larga vida. Cómo hacerlo mejor será un desafío permanente.

Al mismo tiempo la formación en valores y actitudes de nuestros alumnos es vital. Los valores de solidaridad y respeto, de apego a la verdad y búsqueda de la justicia definirán su carácter. Su desarrollo personal, resiliencia, iniciativa, creatividad, trabajo en equipo, conocimiento personal, sentido de responsabilidad y gestión de las emociones serán esenciales para que nuestros alumnos puedan tener una buena vida. Su pasión por causas de bien, su control de la impaciencia y la impulsividad, en fin, su descubrimiento y construcción de un proyecto de vida y la afirmación de la propia identidad son aspectos fundamentales del desarrollo de nuestros alumnos los cuales tendrán lugar con mayor o menor éxito durante los 14 años en que estarán en nuestros colegios.

El ambiente de aprendizaje y crecimiento personal que logremos crear en esos años influirá en forma decisiva en su vida futura. Ello será más efectivo mientras más importantes sean las relaciones personales “reales” y los vínculos que el profesor desarrolle con sus alumnos. La formación académica-cultural y el desarrollo de valores y actitudes, a diferencia de lo
que a veces se sostiene, no se oponen, sino que son parte el mismo proceso.

No debemos considerar uno con prioridad sobre otro. Cuando se enseña matemática o comprensión del mundo al mismo tiempo se puede y se debe enseñar a ser optimistas y respetuosos. Tal como cuando se enseña lenguaje se puede y se debe enseñar a lograr un mayor conocimiento personal o a trabajar en equipo.

Junto con evaluar cómo entregamos mejor los conocimientos y los resultados de nuestros alumnos en términos del aprendizaje de capacidades académicas debemos estar evaluando sus logros en el desarrollo en valores y actitudes.

Tenemos que hacer que estas mediciones y evaluaciones sean cada vez más sistemáticas y constantes a lo largo de los catorce años durante los cuales estarán en el colegio los niños que se incorporarán el próximo año. Así habrá un proceso colectivo de aprendizaje y progreso en los colegios y en sus comunidades.

El propósito de estas líneas es invitar a una reflexión y acción que nos lleven a perfeccionar nuestro quehacer para dejar cimientos firmes entre quienes serán los encargados de acompañar a esta generación 2033 y a tantas más que la seguirán.

Fuente: Cieplan

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